Agosto 31, 2013

PEDAZOS DE UN CORAZÓN ROTO (III)

Tres cuartas partes de mi claman que esto que hago es correcto, que la solución al problema que me aqueja es la que se me presenta día a día, que el cerrar la boca frente a extraños es lo único posible, que la soledad es mi única amiga, la que me guía, la que me susurra noche tras noche repitiendo sin cansancio: eres mi amante, mi compañera, mi confidente, mi otra mitad.

El otro cuarto que sobra habla con su voz pequeña y en tono de pregunta, inseguro de si interferir en la corta rienda que la soledad mantiene sobre mí. Me habla con voz chillona, de esas que salen después de pasarse horas y horas llorando sobre la almohada, empapando a la conciencia, ¿lo quieres hacer? Pervierte la filosofía que este mundo de mierda me hizo adoptar, donde el otro no es más que un simple instrumento para llegar a un fin, donde el yo es lo único que importa y pisotear a tus “amigos” no es más que la culminación de una relación enfermiza basada en la muestra de los sentimientos. Porque según mi pensamiento, la frialdad es el método exacto y perfecto que lleva a la grandeza y al poder. Porque quién necesita a plagas alimentándose de tu propio orgullo, ese que te mantiene en pie cuando parece que el mundo se derrumba y no hay nada más para ti en ese allá de porquería.

Si lo pienso con calma y razono con mi soledad me doy cuenta que es mejor estar solo y ser poderoso a ser uno más del montón con infinidad de “íntimos amigos” que no saben una mierda de vos y aun así afirman que morirían si ya no seguís en este mundo.

Y haber [sic], ¿cuántas de esas alimañas siguen respirando mientras yo me hundo en el abismo del dolor?



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